Envejecimiento, Propósito y
Predestinación: Un Análisis Integrado desde la Ciencia y la Fe
Introducción
El
envejecimiento ha sido visto a veces como un fallo de la naturaleza o un
error evolutivo. Sin embargo, aquí exploraremos una perspectiva diferente: la
idea de que el envejecimiento no es un error, sino un sistema de seguridad
incompleto. Desarrollaremos esta tesis de forma profunda e integrada,
vinculando hallazgos de la ciencia (como el límite de Hayflick y la inmortalidad
celular), con reflexiones filosóficas y espirituales. Adoptaremos
especialmente una mirada que reconoce a Dios como creador perfecto y
consideraremos el propósito de la vida humana en la Tierra, la razón de su
transitoriedad, y el significado del sufrimiento. También abordaremos la
aparente paradoja entre la elección del propósito y la predestinación,
buscando una verdad espiritual que la resuelva. Para enriquecer el análisis,
incluiremos explicaciones etimológicas de términos clave en hebreo bíblico
– como "alma", "propósito", "vida",
"predestinación", "seguridad" y "tiempo" –
revelando sus significados profundos.
Envejecimiento:
¿Error biológico o seguridad incompleta?
Desde la ciencia, sabemos que las células humanas normales no se
dividen indefinidamente. Leonard Hayflick descubrió que las células tienen un
número finito de divisiones (aproximadamente 50 a 70), tras lo cual dejan de
replicarse y entran en senescencia[1].
Este fenómeno, conocido como límite de Hayflick, está relacionado con el
acortamiento de los telómeros en cada división celular[1]. Solo
las células cancerosas logran escapar a este límite; al activar la enzima
telomerasa, se vuelven "inmortales" en cultivo, dividiéndose
sin fin[2].
En otras palabras, en condiciones naturales la inmortalidad celular es señal
de patología: las células cancerosas consiguen una vida ilimitada a costa de
la salud del organismo.
Lejos de ser un “error”, el envejecimiento celular (senescencia) puede
entenderse como un mecanismo de seguridad biológico. Cuando una célula
ha acumulado demasiado daño en su ADN o ha alcanzado su límite replicativo,
entra en senescencia: deja de dividirse para no volverse peligrosa. Esta
respuesta actúa como una barrera antitumoral – forzando a posibles
células cancerosas a detener su crecimiento antes de volverse malignas[3].
De hecho, la senescencia se describe como un mecanismo de protección eficiente
contra el cáncer[3].
Ahora bien, este “sistema de seguridad” es incompleto. A veces las
células logran evadir la senescencia; si acumulan suficientes mutaciones
dañinas, pueden proliferar descontroladamente y originar un cáncer[4].
Así, la misma naturaleza nos muestra un delicado equilibrio: limitar la vida de
las células es una estrategia de seguridad (evita tumores), pero no garantiza
una protección absoluta. Con el tiempo, el organismo envejece porque sus
células van cesando su división; y aun así, existe el riesgo de que alguna
célula logre la inmortalidad maligna de un tumor.
En resumen, el envejecimiento no es simplemente un error evolutivo,
sino el resultado de un sistema protector intrínseco pero limitado.
Nuestras células están “programadas” para no vivir para siempre, lo que protege
al cuerpo de crecimientos descontrolados, aunque a largo plazo ello contribuya
a la vejez y la muerte. Desde esta óptica, la finitud biológica forma parte del
diseño de la vida tal como la conocemos: un diseño que prioriza la seguridad
del conjunto (el organismo) a costa de la permanencia indefinida de sus partes
(las células). Esto nos lleva a reflexionar: ¿por qué un Creador perfecto
permitiría un sistema así, donde la vida física es temporal y vulnerable? La
respuesta quizá se halle más allá de la biología, en el ámbito de los propósitos
espirituales y la condición peregrina del ser humano.
Dios, la
creación perfecta y la travesía de la vida humana
Si Dios es un creador perfecto, ¿cómo encaja la mortalidad y el
envejecimiento en Su plan? Lejos de contradecir la perfección divina, la
transitoriedad de la vida humana puede verse como parte de un diseño
intencional con propósito. La Biblia y muchas tradiciones
espirituales enseñan que la vida terrenal es temporal, una especie de
peregrinaje o prueba, más que un fin en sí mismo. Las Escrituras usan metáforas
potentes para transmitir la brevedad de nuestra existencia en la tierra: “La
vida se describe como un vapor… un soplo de aliento y un rastro de humo”[5].
En palabras del salmista, “estoy de paso en este mundo”[6]. Y
el apóstol Pedro aconseja: “vivid vuestro tiempo en la tierra como en condición
de extranjeros”[6].
Estas imágenes de neblina, sombra y peregrino enfatizan que nuestros años bajo
el sol, comparados con la eternidad, son muy breves[5].
¿Por qué un Dios amoroso nos situaría en una estadía temporal y no en
una permanencia eterna desde el inicio? Diversos pensadores han visto en ello
un acto de pedagogía divina. La temporalidad de la vida nos enseña el valor
de cada momento y nos orienta hacia lo trascendente. Si nuestra patria
definitiva es eterna (el “cielo” en lenguaje religioso), tiene sentido que
nuestra etapa terrenal sea un peregrinaje: un recorrido con lecciones,
decisiones y crecimiento, antes de arribar a nuestro destino último. Esta idea
de homo viator (hombre caminante) sugiere que la tierra no es nuestro
hogar permanente, sino un lugar de paso donde forjamos nuestra alma. De hecho,
entender que “nuestra ciudadanía está en los cielos” cambia por completo
nuestra escala de valores[7].
Como dice un autor contemporáneo, “pidámosle a Dios ver la vida en la tierra
a través de Sus ojos”, recordando lo corta que es nuestra vida aquí abajo[8].
Desde esta perspectiva, el envejecimiento y la muerte física no
son errores, sino partes de un plan mayor. Tras la caída del ser humano en el
relato de Génesis, Dios mismo impide el acceso al árbol de la vida para que el
hombre no viva para siempre en su estado caído – lo que puede leerse
como una medida de misericordia y seguridad. La mortalidad asegura que el mal y
el sufrimiento no sean eternos en este mundo, y abre la puerta a una transformación
en la eternidad (la promesa de “cielos nuevos y tierra nueva”). Así, un
creyente podría afirmar que Dios permitió la muerte no por falta de poder,
sino por sabiduría: para que la historia humana se dirija hacia una redención,
en vez de perpetuarse indefinidamente en un mundo mezclado con dolor.
El sentido del
sufrimiento y la pérdida
En
este contexto espiritual, el sufrimiento toma un nuevo significado. Si
la vida es un tránsito con propósito educativo, entonces incluso las pruebas
dolorosas pueden obrar para bien. Pensemos en la experiencia desgarradora de perder
a un ser amado por cáncer. Desde una óptica puramente material, tal pérdida
no tiene sentido ni consuelo. Pero desde la fe, uno busca significado en medio
del dolor. No es que la muerte del ser querido sea buena en sí (de
hecho, se la llora y Dios mismo se compadece de nuestro dolor); pero esa
experiencia puede despertar en quienes quedan una nueva comprensión de la vida,
una mayor compasión, fe o cambio de prioridades. Muchas personas, al atravesar
la noche oscura de la pena, salen de ella con un corazón más sabio y más
humano. El sufrimiento, como escribió C.S. Lewis, es “el megáfono de Dios” –
una forma dura pero efectiva de llamarnos la atención sobre lo que realmente
importa.
La
fe cristiana asegura que Dios no está ausente en el dolor humano. Jesús
mismo lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, y abrazó el sufrimiento hasta la
cruz. Por ello, se cree que “a los que aman a Dios, todas las cosas (incluso
el sufrimiento) les ayudan a bien”. ¿Qué bien puede salir de perder a
alguien por una enfermedad terrible? Quizás la enseñanza de que la vida en
la tierra no es definitiva. Estas tragedias sacuden nuestra cómoda ilusión
de permanencia y nos invitan a mirar más allá – hacia la eternidad donde, según
la fe, Dios “enjugará toda lágrima” y no habrá más muerte ni dolor. En
el ínterin, el sufrimiento nos transforma: nos hace más humildes, más
dependientes de Dios, más comprensivos con el prójimo.
Un
texto de inspiración cristiana lo expresa así: Dios permite cierto grado de
incomodidad, anhelo y tristeza en nuestras vidas para que “no nos aferremos
demasiado a esta tierra”, pues fuimos creados para algo mejor[9][10].
Mientras todo marche perfecto, tendemos a olvidar nuestra necesidad de Dios y
nuestro destino eterno; pero las pérdidas y quebrantos nos recuerdan que “aquí
no acaba la historia”[11].
Esta reflexión puede ofrecer paz interior: aunque no entendamos por completo
por qué ocurren cosas tan dolorosas, confiamos en que tienen un lugar en el
plan amoroso de un Dios perfecto. La vida humana tiene propósito,
incluso si a veces transcurre por senderos de sufrimiento; nada de lo vivido se
pierde sin dejar una enseñanza o formar parte del mosaico de nuestra alma.
El propósito
del hombre: ¿Elegido libremente o predestinado?
Llegamos a una cuestión filosófico-teológica crucial: el propósito
de nuestra vida. Preguntarnos “¿para qué estoy aquí?” es inevitable. Muchas
corrientes espirituales sugieren que cada individuo debe descubrir y elegir
su propósito – es decir, que el sentido de la vida no es impuesto desde fuera,
sino abrazado libremente. Pero, entonces, ¿cómo se concilia eso con la idea de
que fuimos predestinados por Dios? Si Dios, en Su omnisciencia y
soberanía, tiene un plan predeterminado, ¿qué papel juega nuestra
libertad? Esta tensión ha sido debatida por siglos, especialmente en círculos
teológicos (libre albedrío vs. predestinación).
La clave está en entender correctamente qué significa predestinación.
Bíblicamente, el término aparece en el Nuevo Testamento (por ejemplo, Efesios
1:5 y Romanos 8:29). Proviene del griego “proórizo”, que literalmente
significa “determinar de antemano”[12].
No se refiere a imponer coactivamente un destino a cada individuo sin su
participación, sino más bien al designio anticipado de Dios en cuanto a
la salvación y la meta final de los creyentes. En otras palabras, Dios trazó
un propósito para aquellos que serían de Él: “predestinándonos para ser
adoptados como hijos suyos por medio de Cristo” (Efesios 1:5). Como explica
un estudioso, “la predestinación no se trata de selección (escoger quién
creerá), sino de propósito: qué será de los que creen”[13].
Dios, desde antes de la creación, decidió el destino glorioso de un pueblo
(los que estarían “en Cristo”): que ese pueblo sería santo, adoptado como
familia divina, redimido y conformado a la imagen de Su Hijo[13][14].
Este es el gran propósito al que estamos invitados.
¿Cómo encaja nuestra libertad aquí? La respuesta es que Dios no
anula la voluntad humana, sino que la prevé y la ilumina dentro de su plan.
La iniciativa de la gracia es de Dios – Él invita, atrae, persuade amorosamente
– pero la respuesta es nuestra. Así lo resume la teología cristiana: “Dios
no impone la fe, sino que la hace posible y eficaz en los que oyen y responden”[15].
En Juan 6:44 Jesús dice: “Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae”,
y sin embargo ese “atraer” no significa arrastrar a la fuerza, sino atraer al
corazón de manera que la persona libremente quiera venir[16].
Un ejemplo bíblico es Lidia, cuya “corazón abrió Dios” para que
atendiera al mensaje de Pablo – no para obligarla, sino para habilitarla a
entender y luego ella, voluntariamente, creyó[16].
Podemos visualizarlo así: Dios, desde fuera del tiempo, ya conoce
quiénes Le responderán, y ha preparado para ellos cosas maravillosas (su
destino de gloria). Pero desde dentro de nuestra experiencia temporal, somos
nosotros quienes elegimos. El propósito de tu vida no es un guion
robotizado impuesto contra tu voluntad; es más bien una invitación divina
que puedes aceptar o rechazar. Dios te conoció antes de nacer (Jeremías 1:5) y
te dotó de talentos, circunstancias y un llamado especial; pero no te fuerza a
vivirlo. Como un padre amoroso, Él desea para nosotros un destino de plenitud,
y nos guía hacia él, pero respeta nuestras decisiones incluso cuando nos
apartamos del camino.
Así se resuelve la aparente contradicción: Estamos predestinados,
sí, en cuanto al propósito general de Dios de hacernos partícipes de Su vida
eterna y Su reino de amor, pero ese propósito debe ser escogido por
cada corazón libre. Dios elige un “fin” para nosotros (ser sus hijos),
pero no elimina nuestra “elección” del camino. Como dice un comentarista,
en la Biblia la soberanía de Dios y la responsabilidad humana caminan de la
mano, sin anularse mutuamente[17][18].
Al final, el amor verdadero solo existe en libertad: Dios nos predestinó por
amor para estar con Él, pero quiere que lleguemos a Él por amor desde
nosotros también. En términos prácticos, esto significa que cada uno debe
descubrir su propósito (sus dones, su misión única en esta vida) y abrazarlo
conscientemente. Esa misión personal se enmarca dentro del gran propósito de
Dios de manifestar Su gloria y amor en el mundo.
Para ilustrarlo, pensemos en un tren que sale con destino fijo (la gloria
eterna); Dios determinó el destino y pone a disposición los boletos para
todos. Sin embargo, subir al tren o no es decisión de cada persona.
Quien sube, entra en una predestinación colectiva – el tren seguramente llegará
a destino – pero ese individuo subió libremente. Y aun a bordo, tendrá libertad
de moverse por el vagón, interactuar, bajarse en alguna estación si así lo
quiere (aunque sería insensato). La predestinación divina asegura que “el
tren de la salvación” llega a buen puerto; la libertad humana decide si
formamos parte de ese viaje y cómo lo vivimos. En definitiva, nuestro propósito
no se nos impone, sino que se nos propone; no es un yugo, sino una vocación. Y
en la medida en que alineamos nuestra elección con la voluntad amorosa
de Aquel que nos pensó desde la eternidad, encontramos significado, identidad y
destino.
Etymología y
significado profundo de términos clave en hebreo bíblico
Para profundizar en la dimensión espiritual, es valioso explorar
ciertas palabras relevantes en su lengua original (hebreo bíblico, y en algún
caso griego), pues sus raíces etimológicas encierran un significado rico:
- Alma (נֶפֶשׁ – néfesh): En hebreo bíblico néfesh es la palabra que a menudo se
traduce como "alma". Literalmente implica "vida" o
"ser viviente". De hecho, néfesh se emplea desde Génesis
para referirse a las criaturas con aliento de vida[19]. No describe una entidad etérea separada del cuerpo, sino la persona
entera como ser animado. Néfesh conlleva la idea de aquello que
respira; está ligada a la sangre y al aliento vital[19][20]. Así, cuando la Biblia dice "mi alma tiene sed" o
"mi alma te alaba", habla de lo más profundo del ser vivo
deseando y expresándose. El alma, en la concepción hebrea, subraya la
sacralidad de la vida y la unidad de nuestro componente físico-espiritual.
Es “lo que tiene vida” y nos convierte en individuos únicos.
- Propósito (עֵצָה
– etsá): La palabra hebrea etsá
significa consejo, designio o plan deliberado[21]. Cuando hablamos del "propósito" de Dios, se utiliza etsá
en singular para indicar Su designio eterno[22][21]. Por ejemplo, Isaías 46:10 cita a Dios diciendo: “Mi consejo
(etsá) permanecerá, y haré todo lo que quiero”. Aquí etsá se
traduce como propósito o consejo, implicando una decisión personal
firme de Dios[21]. En contraste, la Biblia menciona a veces "los planes (plural)
de los hombres", pero el Propósito de Dios es uno solo y eterno[22][23]. Con respecto al ser humano, podríamos aplicar etsá para
hablar del propósito individual: ese plan o intención de vida que uno
traza (o que descubre trazado por Dios). En hebreo moderno existe matara
(meta, objetivo) y tachlit (propósito último), pero en la Biblia etsá
captura bien la idea de un plan concebido con sentido y dirección. Cuando
hallamos nuestro “propósito”, estamos sintonizando con el etsá
divino para nosotros, Su consejo amoroso acerca de nuestra vida.
- Vida (חַיִּים –
jayím): Curiosamente, la palabra principal
para "vida" en hebreo está en plural. Jayím literalmente
significa “vidas”[24]. Esto sugiere que la vida no es monolítica; tiene múltiples
fases y expresiones dentro de una sola existencia[24]. Los sabios señalan que vivimos diferentes “vidas” en el
transcurso de nuestros años (infancia, adultez, vejez; vida terrenal y
vida eterna), y todas forman parte de un continuo. En la cosmovisión
bíblica, la vida es esencialmente eterna – la existencia no se
aniquila con la muerte física, sino que continúa en otra dimensión[25][26]. Por eso jayím es plural: contiene la vida presente y la
vida venidera, las distintas etapas del ser. También existe jai (חי)
en singular para "vivo/viviente", pero cuando se habla de la
vida en abstracto se usa el plural. Un ejemplo hermoso es el brindis judío
“¡Lejaím!” que significa “¡por la vida!” en plural, recordando que la vida
abarca mucho más que el momento presente[27]. Cada aliento, cada capítulo de nuestra historia personal, se
inscribe en esa gran continuidad de jayím. Entender la vida como vidas
nos invita a ver cada día como parte de una aventura más grande y
trascendente.
- Predestinación
(προορισμός – proorismós): Aunque este
concepto teológico aparece formulado explícitamente en griego koiné (el
Nuevo Testamento), vale la pena mencionarlo. La palabra griega proorízo
(de la cual deriva "predestinación") está compuesta por pro
= antes y horizo = determinar o señalar un límite. Literalmente
significa “determinar de antemano” un destino[12]. En la Biblia no existe un término hebreo exacto equivalente a
“predestinación”, pero la idea se refleja en frases como “Jehová te
conoció antes de que nacieras” o “te escogí desde el vientre”.
Los hebreos expresaban estos conceptos en términos de la elección
divina (bachar, elegir) y del conocimiento previo de Dios
(yadá, conocer íntimamente). Podemos decir que, en la mentalidad
bíblica, Dios tenía un designio previo (etsá eterna) para Su
pueblo – lo que en el NT se explica con proorismós. Importante: la predestinación
no anula la libertad humana, como vimos. Etimológicamente, indica
el acto de Dios de destinar anticipadamente algo para un fin[28]. Así, podríamos definirlo como “la acción de Dios que elige y
destina a los hombres a la gloria eterna”[12], siempre entendiendo que tal destino ocurre en Cristo y se
hace efectivo en quienes responden en fe[29][18]. La predestinación es un misterio de amor más que un
acertijo intelectual: significa que nuestras vidas no son un accidente,
sino que desde antiguo Dios las pensó con un propósito bueno. Cada persona
es invitada a vivir esa misión predestinada, sin dejar por ello de ser
libre.
- Seguridad (בֶּטַח
/ מִבְטָח – bétaj / mibtákh): En hebreo,
varias palabras se relacionan con la idea de seguridad. Una de ellas es mibtákh,
proveniente de la raíz b-t-h que denota confianza y refugio.
De hecho, mibtákh se traduce como “lugar de refugio, seguridad,
confianza, esperanza”[30]. Proverbios 18:10, por ejemplo, dice: “Torre fuerte es el
nombre del Señor; a Él correrá el justo y estará seguro (bétaj)”. Aquí
la seguridad es presentada como protección dentro de un refugio
inexpugnable – la presencia de Dios. Otra palabra afín es bittajón,
que en literatura judía posterior se usa para confianza (en Dios).
En esencia, la seguridad verdadera en la Biblia es relacional:
confiar en Dios es estar seguro. Seguridad no significa ausencia de
problemas externos, sino estar resguardado en lo interior por una
esperanza firme. Cuando el Antiguo Testamento promete a Israel que
habitará “con seguridad” si obedece a Dios, la palabra implica una paz
fruto de la confianza en la fidelidad divina[31]. Aplicado a nuestra tesis: si el envejecimiento es un sistema de
seguridad incompleto a nivel biológico, la fe ofrece un sistema de
seguridad completo a nivel espiritual. Es decir, en Dios hallamos un
refugio absoluto, una seguridad eterna que trasciende la muerte. Bétaj
refleja la tranquilidad de quien se sabe en buenas manos. Como dice el
Salmo 4:8: “En paz me acostaré… porque Tú, Señor, me haces vivir
confiado (seguro)”.
- Tiempo (עֵת / זְמַן
– et / zeman): La concepción hebrea del tiempo
es profundamente espiritual. Una de las palabras bíblicas para tiempo, ‘et’,
se refiere a un momento específico. Curiosamente, et está
emparentada con attá, que significa “ahora”[32]. Esto nos dice que el tiempo se concibe no tanto como una
corriente continua, sino como una sucesión de instantes presentes.
De hecho, en hebreo se habla de “entrar en los días” para referirse
a envejecer, lo que sugiere que vamos habitandο cada día como una
unidad completa[33][34]. Otra palabra, zeman (de donde viene zman en hebreo
moderno), significa tiempo en sentido más amplio. Zeman está
relacionada con hazmaná, que significa “invitación”[35]. ¡Qué hermosa idea!: cada porción de tiempo es una invitación. En
vez de ver el tiempo solo como algo que se escapa o un recurso que se
gasta, el pensamiento bíblico invita a verlo como oportunidad: cada
momento nos llama a hacer algo significativo, a cumplir un propósito único[36]. De hecho, los sabios enseñan que “Dios no crea un solo
instante sin un propósito”, por lo que cada momento que se nos da
tiene su razón de ser. Por último, está la palabra rega‘ (רֶגַע)
para “instante”, cuya raíz implica quietud[37]. Esto sugiere que, aunque el tiempo pasa raudo, dentro de cada
instante hay una quietud, un espacio para la conciencia plena. Resumiendo,
en hebreo el tiempo no es un torrente ciego que nos arrastra
inexorablemente, sino una secuencia de “paradas” continuas que
desfilan ante nosotros para que entremos en ellas[33]. Estamos invitados a saborear el ahora, a encontrar a Dios
en el momento presente. “Enséñanos a contar (valorar) nuestros días” pide
el salmista, “para que hallemos sabiduría”. Un minuto puede parecer
poca cosa, pero desde la óptica de zeman es un regalo irrepetible
cargado de sentido. Comprender el tiempo así nos ayuda a no desesperar
ante la vejez (cada edad tiene su propósito), ni a malgastar las horas
(cada una es sagrada), ni a temer el futuro (porque Dios renueva la
creación momento a momento y cada mañana Sus misericordias son nuevas).
Conclusión
Hemos recorrido un sendero que conecta la
biología, la filosofía y la teología en torno a verdades fundamentales de
nuestra existencia. Comenzamos viendo que el envejecimiento no es un
fallo sin sentido, sino parte de un diseño que protege la vida – un mecanismo
que limita nuestros días para cuidarnos, aunque esté lejos de eliminar todo
riesgo. Esta realidad científica nos llevó a contemplar el propósito divino
detrás de la finitud: la vida humana es temporal por una razón, porque somos peregrinos
en la Tierra con la mirada puesta en un destino mayor. Nuestro paso breve por
este mundo está lleno de significado: cada experiencia, incluso el sufrimiento,
puede ser una lección y una oportunidad de crecimiento del alma. Dios,
creador perfecto, no nos ha abandonado en la mortalidad, al contrario: Él
mismo, en la fe cristiana, asume nuestra condición en Jesucristo, compartiendo
nuestro sufrimiento y redimiéndolo desde dentro.
Exploramos también la tensión entre predestinación
y libre albedrío, y encontramos que no son conceptos opuestos sino
complementarios: Dios nos ha predestinados en amor para ser Suyos, pero nos
corresponde a cada uno elegir ese destino. En última instancia, nuestro
propósito no está escrito contra nuestra voluntad, sino tejido con nuestra
cooperación. Fuimos “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las
cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” – nota cómo
ese versículo combina la preparación divina previa con el caminar
humano. En ello hay un misterio hermoso: somos plenamente libres al tiempo
que plenamente esperados por la gracia.
Al indagar los términos hebreos alma,
vida, tiempo, propósito, seguridad, vimos un patrón: la sabiduría bíblica
imprime en cada palabra una noción de plenitud y relación. El alma es la
vida misma en su totalidad, la vida son “vidas” con horizontes eternos, el
tiempo es invitación sagrada, la seguridad es confianza en Alguien, el
propósito es un consejo pensado con amor. Nada de lo que somos y vivimos carece
de significado a la luz de estas verdades profundas.
Ciertamente quedan misterios sin resolver y
dolores que no entendemos del todo. Pero al juntar todas las piezas – la
ciencia que revela orden en nuestros cuerpos, la filosofía que busca sentido, y
la fe que nos promete una esperanza – podemos vislumbrar una verdad
unificadora: nuestra existencia tiene un propósito divino, y ese
propósito es bueno. No somos producto del azar ni prisioneros de un destino
ciego; somos hijos amados de un Dios perfecto, llamados a participar de Su
vida. La mortalidad biológica resulta ser un capítulo dentro de una historia
mucho más grande: la historia de un Dios que crea seres finitos para colmarlos
de Su infinitud, cuando libremente se vuelven a Él.

